En anteriores ocasiones he mencionado a Susanne Langer, la filósofa que fundamenta el estado de la cuestión en mi trabajo de fin de grado. A pesar de haber fallecido en la segunda mitad del siglo pasado, sus teorías siguen siendo revolucionarias para quienes tenemos el privilegio de conocerlas.

De su vida personal se conocen escasos detalles. Según la enciclopedia Britannica, esta estadounidense nació el 20 de diciembre de 1895 y nos dejó el 17 de julio de 1985. Estuvo casada con el historiador William L. Langer, aunque su matrimonio culminó en separación en 1942.

Se formó en el Radcliffe College, bajo la tutela del filósofo Alfred North Whitehead, de quien asimiló sus teorías sobre el simbolismo. También estudió en la Universidad de Viena y en Harvard, donde obtuvo su doctorado. Desarrolló su labor docente en la Universidad de Columbia y más tarde en el Connecticut College, donde alcanzó la distinción de profesora emérita a partir de 1961.

Entre las múltiples contribuciones de Langer, destaca su obra «Philosophy in a new key: A Study in the Symbolism of Reason, Rite, and Art», lanzada en 1942. Es precisamente en este libro donde se sumerge en la intrincada relación entre las emociones y la música, todo bajo el lente del simbolismo.

Pero, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de simbolismo?

Para Langer, el simbolismo es más que una mera herramienta conceptual; es la esencia misma de la filosofía. Funciona como el vehículo por el cual la estética confiere significado al universo artístico. Así, el simbolismo no solo actúa como la llave, sino que es, en sí mismo, la esencia y el núcleo del arte. Citando a Langer, su percepción sobre el arte es audaz y reveladora:

«Me atrevo a proponer una definición de arte, una que no solo distinga a una ‘obra artística’ de cualquier otro objeto en el mundo, sino que también ilustra por qué, y cómo, un objeto común puede transformarse en una pieza de arte. Así pues, mi intento de definición es el siguiente: el arte es la creación de formas simbólicas que expresan el sentimiento humano».

Aclarando y sumando a la noción de simbolismo:

«El arte, al fusionarse con el simbolismo, las emociones y aquello que llamamos ethos, emerge como una manifestación intrínsecamente humana. En el vasto escenario de la naturaleza o incluso en las leyes de la física, no encontramos una justificación para las emociones que el arte evoca».

Estoy al tanto de investigaciones que podrían contradecir lo que he planteado. Por ejemplo, desde el campo de la acústica, se han propuesto teorías que buscan explicar cómo ciertos sonidos pueden afectar fisiológicamente al cuerpo humano, como la correlación entre ritmos musicales y las fluctuaciones del ritmo cardiaco. A pesar de estos hallazgos, sostengo que el espíritu humano es clave para decodificar muchos de estos enigmas.

Profundizando en el legado de Langer, es crucial entender que, mientras muchos filósofos discrepan con su enfoque simbolista, existen otros, como Peter Kivy, cuyos argumentos, de manera sorprendente, se alinean parcialmente con los de Langer, incluso mientras critican sus fundamentos.

Para entender a fondo la perspectiva de Langer, es esencial adoptar un enfoque antropológico. Desde este prisma, el simbolismo emerge como una manifestación intrínseca de la naturaleza humana, una postura que defiendo. En este sentido, la cultura humana se torna incomprensible sin la presencia de patrones recurrentes, a los que Langer se refiere como símbolos.

Un punto esencial en la filosofía de Langer es la distinción que establece entre símbolos y signos. Según Langer, mientras que los animales pueden reconocer y responder a signos (como cuando un cielo nublado indica la inminencia de la lluvia), es el ser humano el que infiere significados más profundos y abstractos a partir de estos signos. Un ejemplo ilustrativo sería una escena en una película en la que el director muestra un cielo encapotado; un espectador no solo anticipa la lluvia, sino que también puede inferir un ambiente sombrío o presagios negativos. En esencia, mientras que los signos pueden ser reconocidos o aprendidos a través de experiencias individuales, el simbolismo incorpora una dimensión de comprensión más profunda, atada a la experiencia colectiva de la humanidad.

Entonces, ¿qué vehículo utiliza la música para transmitir su ethos?

Langer argumenta que esto se realiza a través del simbolismo discursivo (con una función semiótica) y el no discursivo. La distinción entre ambos puede resultar más intrincada de lo que parece superficialmente. Tomemos como ejemplo el simbolismo discursivo: se refiere a elementos como la representación de nubes cubriendo el sol en una película. Sin embargo, la secuencia completa de esa película utiliza esas representaciones para narrar algo, estableciendo así su función semiótica. Esta idea es aplicable al arte en su conjunto. Sin embargo, en lo que respecta al simbolismo musical, la música misma simboliza y refleja emociones humanas.

Las estructuras musicales poseen una correlación lógica con las emociones humanas: fluctuaciones, desarrollos, tensiones y resoluciones, ritmo, dinámica… El sonido, entonces, se convierte en un dialecto emocional. No son pocos los estudiosos, como el musicólogo Philipp Tagg, que afirman que la música es el lenguaje del amor, reconociendo implícitamente su capacidad simbólica y semiótica.

En conclusión, con el respaldo teórico de Susanne Langer, podemos sostener que la música actúa como un lenguaje a través de su simbolización. Esta naturaleza intrínseca de la música permite que su simbolismo, su ethos, refleje nuestras emociones, siendo estas últimas inherentes al ser humano.

Dentro de esta reflexión, es importante considerar las distintas estructuras que adopta la música. En el contexto de la música popular, he propuesto tres formas que otorgan significado al ethos musical: Forma Final, Forma Motívica y Forma Creadora.

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